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30 October 2006 @ 02:54 pm
 
30 de octubre. A las nueve, el doctor van Helsing, el doctor Seward y yo visitamos a los señores Mackenzie y Steinkoff, los agentes de la firma londinense de Hapgood. Habían recibido un telegrama de Londres, en respuesta a la petición telegráfica de lord Godalming, rogándoles que nos demostraran toda la cortesía posible y que nos ayudaran tanto como pudieran. Fueron más que amables y corteses, y nos llevaron inmediatamente a bordo del Czarina Catherine, que estaba anclado en el exterior, en la desembocadura del río. Allí encontramos al capitán, de nombre Donelson, que nos habló de su viaje. Nos dijo que en toda su vida no había tenido un viento tan favorable.

-¡Vaya! -dijo-. Pero estábamos temerosos, debido a que temíamos tener que pagar con algún accidente o algo parecido la suerte extraordinaria que nos favoreció durante todo el viaje. No es corriente navegar desde Londres hasta el Mar Negro con un viento en popa que parecía que el diablo mismo estaba soplando sobre las velas, para sus propios fines. Al mismo tiempo, no alcanzamos a ver nada. En cuanto nos acercábamos a un barco o a tierra, una neblina descendía sobre nosotros, nos cubría y viajaba con nosotros, hasta que cuando se levantaba, mirábamos en torno nuestro y no alcanzábamos a ver nada. Pasamos por Gibraltar sin poder señalar nuestro paso, y no pudimos comunicarnos hasta que nos encontramos en los Dardanelos, esperando que nos dieran el correspondiente permiso. Al principio, me sentía inclinado a arriar las velas y a esperar a que la niebla se levantara, pero, entre tanto, pensé que si el diablo tenia interés en hacernos llegar rápidamente al Mar Negro, era probable que lo hiciera, tanto si nos deteníamos, como si no. Si efectuábamos un viaje rápido, eso no nos desacreditaría con los armadores y no causaba daño a nuestro tráfico, y el diablo que habría logrado sus fines, estaría agradecido por no haberle puesto obstáculos.

Esta mezcla de simplicidad y astucia, de superstición y razonamiento comercial, entusiasmó a van Helsing, que dijo:

-¡Amigo mío, ese diablo es mucho más inteligente de lo que muchos piensan y sabe cuándo encuentra la horma de su zapato!

El capitán no se mostró descontento por el cumplido, y siguió diciendo:

-Cuando pasamos el Bósforo, los hombres comenzaron a gruñir; algunos de ellos, los rumanos, vinieron a verme y me pidieron que lanzara por la borda una gran caja que había sido embarcada por un anciano de mal aspecto, poco antes de que saliéramos de Londres. Los había visto espiar al sujeto ese y levantar sus dos dedos índices cuando lo veían, para evitar el mal ojo. ¡Vaya! ¡Las supersticiones de esos extranjeros son absolutamente ridículas! Los mandé a que se ocuparan de sus propios asuntos rápidamente, pero como poco después nos encerró la niebla otra vez, sentí en cierto modo que quizá tuvieran un poco de razón, aunque no podría asegurar que fuera nuevamente la gran caja. Bueno, continuamos navegando y, aunque la niebla no nos abandonó durante cinco días, dejé que el viento nos condujera, puesto que si el diablo quería ir a algún sitio... Bueno, no habría de impedírselo. Y si no nos condujo él, pues, echaremos una ojeada de todos modos. En todo caso, tuvimos aguas profundas y una buena travesía durante todo el tiempo, y hace dos días, cuando el sol de la mañana pasó entre la niebla, descubrimos que estábamos en el río, justamente frente a Galatz. Los rumanos estaban furiosos y deseaban que, ya fuera con mi consentimiento o sin él, se arrojara la gran caja por encima de la borda, al río. Tuve que discutir un poco con ellos, con una barra en la mano, y cuando el último de ellos abandonó el puente con la cabeza entre las manos, había logrado convencerlos de que con mal ojo o no, las propiedades de mis patrones se encontraban mucho mejor a bordo de mi barco que en el fondo del Danubio. Habían subido la caja a la cubierta, disponiéndose a arrojarla al agua, y como estaba marcada Galatz vía Varna, pensé que lo mejor sería dejarla allí, hasta que la descargáramos en el puerto y nos liberáramos de ella de todos modos. No hicimos mucho trabajo durante ese día, pero por la mañana, una hora antes de la salida del sol, un hombre llegó a bordo con una orden escrita en inglés y que le había sido enviada de Londres, para recibir una caja que iba marcada para cierto conde Drácula.

Naturalmente, todo estaba preparado para que se la llevara. Tenía los papeles en regla y me vi contento de deshacerme de esa maldita caja, puesto que yo mismo comenzaba a sentirme inquieto a causa de ella. Si el diablo tenía algún equipaje a bordo, estaba convencido de que solamente podría tratarse de aquella caja.

-¿Cómo se llamaba el hombre que se llevó esa caja? -preguntó el doctor van Helsing, dominando su ansiedad.

-¡Voy a decírselo enseguida! -respondió y, bajando a su camarote, nos mostró un recibo firmado por "Immanuel Hildesheim". La dirección era Burgenstrasse 16.

Descubrimos que eso era todo lo que conocía el capitán, de modo que le dimos las gracias, y nos fuimos.

Encontramos a Hildesheim en sus oficinas; era un hebreo del tipo del Teatro Adelphi, con una nariz como de carnero y un fez. Sus argumentos estuvieron marcados por el dinero, nosotros hicimos la oferta y al cabo de ciertos regateos, terminó diciéndonos todo lo que sabía. Eso resultó simple, pero muy importante. Había recibido una carta del señor de Ville, de Londres, diciéndole que recibiera, si posible antes del amanecer, para evitar el paso por las aduanas, una caja que llegaría a Galatz en el Czarina Catherine. Tendría que entregarle la citada caja a un tal Petrof Skinsky, que comerciaba con los eslovacos que comercian río abajo, hasta el puerto. Había recibido el pago por su trabajo en la forma de un billete de banco inglés, que había sido convenientemente cambiado por oro en el Banco Internacional del Danubio. Cuando Skinsky se presentó ante él, le había entregado la caja, después de conducirlo al barco, para evitarse los gastos de descarga y transporte. Eso era todo lo que sabía.

Entonces, buscamos a Skinsky, pero no logramos hallarlo.

Uno de sus vecinos, que no parecía tenerlo en alta estima, dijo que se había ido hacía dos días y que nadie sabía adónde. Eso fue corroborado por su casero, que había recibido por medio de un enviado especial la llave de la casa, al mismo tiempo que el importe del alquiler que le debía, en dinero inglés. Eso había sucedido entre las diez y las once de la noche anterior. Estábamos nuevamente en un callejón sin salida.

Mientras estábamos hablando, un hombre se acercó corriendo y, casi sin aliento, dijo que habían encontrado el cuerpo de Skinsky en el interior del cementerio de San Pedro y que tenía la garganta destrozada, como si lo hubiera matado algún animal salvaje. Los hombres y las mujeres con quienes habíamos estado hablado salieron corriendo a ver aquello, mientras las mujeres gritaban:

-¡Eso es obra de un eslovaco!

Nos alejamos de allí apresuradamente, para no vernos envueltos en el asunto y que nos interrogaran.

Cuando llegamos a la casa, no pudimos llegar a ninguna solución definida.

Estábamos convencidos de que la caja estaba siendo transportada por el agua hacia algún lugar, pero tendríamos que descubrir hacia dónde. Con gran tristeza, volvimos al hotel, para reunirnos con Mina. Cuando nos reunimos todos, lo primero que consultamos fue si debíamos volver a depositar nuestra confianza en Mina, revelándole todos los secretos de nuestras conferencias. La situación es bastante crítica, y esa es por lo menos una oportunidad aunque un poco arriesgada. Como paso preliminar, fui eximido de la promesa que le había hecho a ella.